El miedo a hablar de política: un silencio que empobrece

 El miedo a hablar de política

Hablar de política vuelve a ser casi tabú. En las comidas familiares se evita; en las reuniones de trabajo se esquiva, y en la mayoría de conversaciones cotidianas con amigos y conocidos se percibe como un terreno pantanoso a sortear. De siempre, el aviso “mejor no entremos en política” se considera una norma de cortesía. Sin embargo, parece que en los últimos tiempos se hace más patente. ¿Por qué? Porque tenemos miedo. Porque nos cuesta confrontar ideas sin llevarlo al terreno más personal. Porque se ha debilitado el respeto y la tolerancia hacia aquellos cuyas opiniones y creencias se alejan de las nuestras.

Miedo al conflicto, a la incomodidad, a ser juzgados. Nos aterra que nos cuelguen una etiqueta ideológica, que nos arrinconen en un bando, que nos miren distinto, que lo que pensamos tenga consecuencias en nuestra vida laboral o en nuestras relaciones. Hemos reducido la política a un espectáculo de crispación en los parlamentos y en las tertulias televisivas, olvidando que la política es mucho más que partidos y siglas: es la forma en la que decidimos organizarnos, convivir y proyectar el futuro.

El fango que rodea a partidos, instituciones y políticos, así como la proliferación de fanatismos, el creciente uso del lenguaje ofensivo, el elevado nivel de tensión y hostilidad, el aumento de la desinformación y el cansancio de vivir en una sociedad en la que todo va a peor, o al menos lo parece, hacen que baste un comentario sobre un partido o una medida de un gobierno para que comience el conflicto. El debate público se ha transformado en un ring en el que solo caben dos posiciones: conmigo o contra mí; y en el que la violencia verbal e incluso física contra lo diferente ganan protagonismo. Se obvia que la libertad de expresión no es únicamente el derecho a opinar, sino también la obligación de pensar previamente y de respetar a quien lo hace diferente.

El silencio no es neutral. Callar por miedo a las repercusiones no nos hace imparciales, nos hace invisibles y cómplices. El espacio que dejamos vacío lo ocupan otros: quienes alzan la voz sin miedo, quienes marcan la agenda convirtiendo la conversación pública en un monólogo interesado.

No está en juego la calidad de nuestras ideas, sino la salud de la democracia. Una ciudadanía que calla es una ciudadanía que se resigna. Una ciudadanía que habla, escucha y participa es la única capaz de defender sus libertades, y de esto nos hace falta mucho. En tiempos de polarización, el silencio es cómodo, pero una sociedad conformista y apática es el germen de una democracia enferma y en peligro de extinción.

Artículo publicado en Diario Sabemos

Publicidad en redes sociales: ¿qué hace que realmente influya en tus decisiones de compra?

Las redes sociales no solo son espacios para entretenernos o mantenernos conectados: también se han convertido en escaparates digitales donde las marcas buscan convencerte de que su producto es el que necesitas. Sin embargo, no todos los anuncios tienen el mismo efecto. ¿Qué es lo que realmente hace que un anuncio en Instagram, TikTok o Facebook te lleve a dar clic en “comprar”?

La respuesta está en tres claves: credibilidad, autenticidad y sostenibilidad.

1. La credibilidad: cuando un anuncio se siente confiable

Piensa en ese influencer que sigues porque te inspira confianza. Si recomienda un producto de forma natural, probablemente lo percibas como más fiable que un banner publicitario cualquiera.

  • La fuente importa: confiamos más en personas que parecen honestas y coherentes con lo que comunican.

  • La transparencia también: cuando una marca aclara que una publicación es patrocinada y aun así el mensaje resulta útil, gana puntos frente a mensajes poco claros o engañosos.

  • Y sí, incluso los me gusta, comentarios y compartidos influyen: los números altos generan sensación de validación social.

Un anuncio que transmite credibilidad no solo capta tu atención, sino que te anima a interactuar y, lo más importante, a confiar en la marca.

2. La autenticidad: menos maquillaje, más verdad

Hoy los usuarios huyen de los mensajes demasiado elaborados. Lo que buscan es naturalidad y cercanía.

  • Imágenes más reales y menos “de catálogo” conectan mejor.

  • Historias de marca con un toque humano (por ejemplo, mostrar cómo se fabrica un producto o quién está detrás) generan vínculos emocionales.

  • El contenido generado por usuarios (reseñas, fotos de clientes) es visto como más auténtico que cualquier campaña diseñada en un estudio.

Cuando una marca se muestra auténtica, deja de ser solo un logo: se convierte en alguien con quien los consumidores quieren relacionarse.

3. La sostenibilidad: compromiso que marca la diferencia

Cada vez más personas, sobre todo jóvenes, esperan que las marcas no solo vendan productos, sino que también asuman responsabilidades sociales y ambientales.

  • Mensajes sobre cuidado del medio ambiente o impacto social pueden atraer, pero deben ser reales.

  • El “greenwashing” (exagerar o falsear prácticas sostenibles) puede dañar seriamente la confianza de los consumidores.

  • Cuando una marca demuestra con hechos su compromiso (certificaciones, proyectos reales, transparencia en sus procesos), consigue una lealtad mucho más duradera.

La confianza: el puente entre anuncios y consumidores

Todos estos factores —credibilidad, autenticidad y sostenibilidad— terminan construyendo algo esencial: confianza. Y la confianza es el ingrediente que convierte a un simple espectador en comprador, y a un comprador en fan leal de una marca.

En un mundo saturado de anuncios, no gana quien invierte más dinero en publicidad, sino quien logra conectar de manera honesta, transparente y responsable. Las marcas que apuestan por contar historias reales, demostrar coherencia y comprometerse con causas sociales tienen más posibilidades de convertir likes en ventas… y ventas en relaciones a largo plazo.

Los políticos traman, los ciudadanos pagan

Tramas y más tramas de corrupción política: una epidemia crónica. Políticos de sonrisa fácil y cara de póker que prometen ética y transparencia mientras reparten favores, presupuestos y sobres. Autónomos, pequeños empresarios y trabajadores sentimos vértigo cada vez que miramos el calendario fiscal, sabiendo que la Seguridad Social y la Agencia Tributaria llegarán puntuales a cobrar… pero no así la prestación de los servicios públicos que sufragamos con nuestros  impuestos y que deberían facilitarnos la vida.

Los ciudadanos no pedimos privilegios, sino respeto y justicia. Queremos  gobernantes a la altura del esfuerzo que hacemos cada día para llegar a fin de mes y cumplir con nuestras obligaciones fiscales. No queremos seguir pagando impuestos para mantener a quienes han hecho de la mentira y la corrupción  sus estrategias para alcanzar y conservar el poder.

Pagaríamos impuestos con más convicción si tuviéramos un sistema sanitario que respondiera en tiempo y forma a las necesidades reales de sus usuarios. Si no hubiera que esperar semanas para ser atendido por un médico de familia; si no hiciera falta recurrir a favores para conseguir una cita con un especialista antes de que pasen meses —o incluso años—; si no nos viésemos empujados a recurrir a la sanidad privada porque ya no quedan ni fuerzas ni salud para seguir esperando por una cita en la pública; si las urgencias no fueran un lugar donde enfermos doloridos deben pasar horas y horas sentados en sillas diseñadas para estancias breves, pero nunca para quien está sufriendo. Una sanidad lenta, sin los recursos adecuados y que no apuesta por la educación sanitaria y la prevención, es una sanidad que no cuida, y eso afecta no solo a la sostenibilidad del sistema sanitario, sino también a la productividad del país.

Pagaríamos impuestos con menos frustración si las escuelas públicas fueran verdaderos espacios de aprendizaje y no engranajes que premian la memorización y castigan a quienes necesitan otro ritmo, otra atención o una evaluación distinta. Hay docentes que gritan, que reconocen ante los alumnos no querer estar ahí, que han perdido la motivación… y, por tanto, la capacidad de inspirar. Tenemos un sistema educativo que adoctrina en lugar de enseñar. La educación pública es un reflejo más de un sistema que no cuida ni a quienes enseñan ni a quienes aprenden. 

Pagaríamos impuestos incluso con orgullo, si la justicia, uno de los pilares del Estado, no se desmoronara entre la sobrecarga, los retrasos y la precariedad. Juzgados colapsados, causas que se eternizan, ciudadanos que esperan tiempos poco prudenciales por sus resoluciones… Abogados del turno de oficio trabajando por cantidades irrisorias y en condiciones indignas, sin el reconocimiento ni los recursos necesarios para garantizar una defensa eficaz.  Una justicia lenta es una justicia que no llega y, por tanto, es pura injusticia y con ella se tambalea, también, la confianza en el sistema democrático.

Vivimos una lenta y anunciada desaparición de lo público. Los autónomos pagamos. Los empresarios pagan. Los trabajadores por cuenta ajena pagan. Pero lo público, aquello para lo que supuestamente pagamos impuestos para que nos proteja, cada vez responde peor. Hacemos malabares para asumir nuestras obligaciones fiscales trabajando más horas de las que la salud y la vida familiar permiten —renunciando al descanso, a la crianza de los hijos, al cuidado de los mayores y convirtiendo a los abuelos en padres—, al tiempo que surgen escándalos de corrupción política como mosquitos en verano.  Desde los años 80 hasta hoy —y seguro que no están todos— hemos visto desfilar el caso Flick, Filesa, Naseiro, Roldán, Ibercorp, Malaya, Gürtel, Nóos, los ERE de Andalucía, Púnica, el 3%, Taula, Kitchen, Pokémon, Mediador… y ahora, el de Ábalos, Koldo y Santos Cerdán.

Mientras el dinero público sostiene a políticos corruptos, demasiados españoles llegan a las cinco de la tarde sin haber comido, intentando trabajar, conciliar… sobrevivir sin perder la dignidad. Millones viven en piloto automático, con estrés y ansiedad porque, aunque trabajen, no pueden asumir el pago de la hipoteca, de la alimentación,  de los servicios básicos…, tienen que tener varios trabajos por necesidad, no por ambición.

Los ciudadanos no precisamos estrategias para mantenernos en el poder, sino para resistir sin perder la esperanza. La esperanza de que algún día se gobierne con honradez, sentido común y verdadero compromiso con lo que nos une: lo público. Lo triste, el problema:  la desconfianza. Todo lo relacionado con la política y sus actores ya huele a podrido, lo esté o no.

Publicado en Diario16+

¿Quién protege nuestra salud en un mundo de influencers con barra libre?

n poco de carisma, un buen número de seguidores, un discurso convincente y acceso a las redes sociales bastan para tener el poder de influir sobre la salud de miles de personas en todo el mundo. Así de sencillo; demasiado, incluso. Más aún en una sociedad con una frágil salud mental, enferma de soledad crónica y con un espíritu crítico que, a menudo, parece estar en peligro de extinción.

Las redes sociales nos han igualado y han democratizado la difusión de las opiniones individuales. Gracias a ellas, cualquier persona tiene la oportunidad y la facilidad de decir lo que considere del tema que desee; puede informar/opinar –en redes sociales, los límites entre ambas se han difuminado casi por completo– de lo que quiera o de lo que más beneficio le reporte en forma de seguidores, likes, ingresos por publicidad con marcas o satisfacción de las necesidades del ego personal. No está mal y, algunas veces, puede ser enriquecedor. Pero sí es cierto que hay ámbitos, como el relativo a la salud, en los que puede ser peligroso y llegar a costar vidas humanas; especialmente, cuando influencersque no provienen del sector sanitario hablan de enfermedades, promocionan suplementos y tratamientos o se convierten en imagen de centros sanitarios.

En redes sociales se publican cada día millones de recomendaciones sobre autocuidados, suplementación, tratamientos y terapias, kits de autodiagnóstico, clínicas y centros médicos y, la mayoría de las veces, esas informaciones no proceden de voces autorizadas, de profesionales sanitarios o expertos en el tema. Hay quien llega a recomendar medicamentos que requieren receta médica, lo cual es ilegal.

Las redes sociales se han convertido en una ventana de información, formación y consumo. Y la salud no escapa a esta tendencia. Reconozcamos que no es lo mismo que recomendar una prenda de ropa, un cosmético, una experiencia de ocio, un libro o un electrodoméstico. Dar consejos sobre salud es otro nivel para el que no todo el mundo está preparado y cuyo impacto, tanto a nivel general como particular, puede llegar a ser abrumador.

Estar expuestos a continuos mensajes sobre suplementos, tratamientos, terapias… puede, cuanto menos, generar dudas sobre si también se necesita ese suplemento, ese tratamiento o servicio tan fantástico y milagroso del que hablan constantemente en redes sociales y que parece que cambia vidas. Lo más probable es que esos mensajes terminen creando necesidades donde quizás no las haya y empujando al consumo innecesario o incluso perjudicial sino hay un profesional formado, respetuoso con la ética profesional y con valores que lo pare antes. Nada es inocuo. Ni tan siquiera los tratamientos que ofrecen en centros de estética o los suplementos a base de plantas medicinales, que pueden tener efectos secundarios e interaccionar con  fármacos, con otros suplementos, con los alimentos, alterar el curso de otras patologías…

¿Quién es responsable de esto?

Los influencers tienen derecho a ganarse la vida promocionando lo que deseen, incluso productos y servicios sanitarios. Las empresas también tienen derecho a utilizar el marketing de influencia para llegar a más público. Y los gobiernos… Sí, pueden regular esta cuestión, pero dudo si realmente deben de hacerlo. Una sociedad que necesita de figuras paternalistas que le indiquen siempre lo que debe o no hacer a golpe de legislación, es una sociedad con carencias importantes. Por tanto, la responsabilidad es individual, recae en cada uno.

Cuestionar lo que se ve; decidir si se quiere confiar en alguien que hoy promociona unos vaqueros, que mañana es imagen o parece ser paciente de una clínica de medicina estética y que, a las pocas horas, lo es o parece serlo, también, de una  clínica de fisioterapia; elegir entre analizar lo que se escucha y se lee y contrastarlo con un profesional para determinar si es adecuado para uno o seguir ese consejo ciegamente, tiene que ser de incumbencia y responsabilidad personal, siendo conscientes de las consecuencias. Y ello, bebe de la madurez, la sensatez, el juicio, el respeto y el valor que cada uno quiera conceder a su vida, pero también de una adecuada educación sanitaria.

Internet y las redes sociales nos han convertido en falsos eruditos, o al menos, nos han hecho sentir como tales. Si bien, en todo lo relativo a la salud y el bienestar la barra libre no debería de existir.

China ha sido uno de los primeros países en prohibir a los influencers hablar de temas como la salud si no tienen formación acreditada. Más cerca, tenemos el ejemplo de Galicia. El pasado mes de marzo, la Xunta aprobaba un decreto por el cual las farmacias no pueden publicitarse a través de influencers. ¿Es esa la solución? Parece que sí, pero no deja de ser triste que necesitemos que los gobiernos tengan que regularlo todo, cuando, tal vez, sería mejor para todos que se dedicaran a la promoción de la educación sanitaria para fomentar el autocuidado y evitar el mal uso y consecuente colapso del sistema sanitario.

Termine regulándose o no el papel de los influencers en la comunicación en  salud, nuestros mejores salvavidas ante los miles de imputs informativos que recibimos cada día, siempre serán el pensamiento crítico y la educación sanitaria para ser capaces cuestionar todo cuanto vemos y escuchamos. ¿Tenemos suficiente de todo eso?

Artículo publicado en Diario16+

¿Es la política un reflejo de nuestra sociedad?

Nos indigna ver a nuestros políticos como protagonistas de debates llenos de ataques personales, faltas de respeto, insultos y gestos de deprecio al adversario. Nos horrorizan los espectáculos que se viven en los parlamentos, convertidos en rings de combate dialéctico donde la escucha serena y el diálogo han dejado paso libre a homilías provocadoras, pero no en el plano ideológico. La política, a menudo, se percibe como un mundo paralelo a la realidad. Sin embargo, si nos detenemos a reflexionar, descubrimos que muchas de las actitudes y comportamientos que criticamos en los representantes políticos están presentes en nuestras interacciones diarias.  ¿Cuántas veces ofrecer una opinión diferente genera una discusión que termina en excesos verbales? ¿Cuántas veces pedimos ayuda a alguien de nuestro entorno y no solo no la obtenemos sino que se convierte en motivo de reproches y de distanciamiento?

Da la impresión de que convivimos en una sociedad donde la confrontación y la autoprotección desmedida se han convertido en la norma y que, poco a poco, nos estamos convirtiendo en una sociedad cada vez más inhumana. La tensión, la falta de empatía y la necesidad de imponer nuestra opinión tienden a estar demasiado presentes en las relaciones, tanto en el ámbito personal como en el profesional. A menudo, nos vemos atrapados en una constante lucha por defender nuestra opinión, nuestra posición y nuestro orgullo. Evitamos tener conversaciones incómodas y, si las tenemos, enseguida nos ponemos a la defensiva. Cuando alguien nos dice o hace algo con lo que no estamos de acuerdo tendemos a reaccionar con impulsividad y, a veces, hasta con agresividad. Nos cuesta asumir nuestros errores, pedir disculpas y ya no hablemos de reparar el daño causado. En definitiva, evitamos todo aquello que nos haga sentir vulnerables, inferiores, que hemos perdido.

Es fácil criticar la falta de formas y de humanidad en la política, pero la realidad, y aunque nos cueste reconocerlo, es que en muchas ocasiones y en muchos otros ámbitos actuamos de manera similar a como lo hacen los representantes políticos en los debates parlamentarios. Nos encontramos inmersos en un mundo de reacciones rápidas e impulsivas, donde nuestras propias heridas emocionales no resueltas se proyectan en las relaciones de cualquier tipo. La empatía y la comprensión no están de moda, han sido reemplazadas por una comunicación fragmentada, reactiva y sobreprotectora hacia uno mismo. Desde el silencio más incómodo y dañino –que también comunica- hasta las palabras más hirientes y, en los casos más extremos, incluso los golpes físicos… parece que todo vale para defendernos, simula que todo es válido para que parezca que tenemos el control y hemos triunfado. Todo vale menos dialogar y entablar relaciones sinceras y equilibradas. ¿Importa realmente el daño que hacemos a los demás con esa forma de actuar? ¿Importa realmente el daño que los políticos provocan a la sociedad con discursos protagonizados por reproches mutuos pero carentes de propuestas con verdadero impacto positivo en la ciudadanía? ¿Somos cada vez más inhumanos?

Si como individuos llegamos a ser capaces de dar la espalda a personas de nuestro entorno cuando tienen un mal momento, ¿cómo no lo va a hacer la clase política que ni tan siquiera conoce los rostros de quienes sufren? Y entiendo que desde la política no se puede resolver absolutamente todo, pero todos tenemos en mente decenas de ejemplos en los que la política podría mejorar las condiciones de vida de muchas personas y no lo hace.

Los representantes políticos en sus discursos y debates, al igual que muchos de nosotros en el día a día, buscan protegerse, mantener el control y, en su caso, el poder. Defienden sus posiciones con vehemencia, descalificando las propuestas de los adversarios en lugar de analizarlas con objetividad. No buscan construir, sino imponer porque piensan, y así lo intentan transmitir, que son los mejores y solo ellos lo gestionan todo correctamente. Y cuando se equivocan, rara vez lo reconocen y se disculpan, y mucho menos buscan reparar el error porque, probablemente, entiendan que hacerlo se percibiría como una muestra de debilidad por los votantes; aunque la realidad podría ser bien distinta.

Pero, insisto, ¿cuántas veces vemos esto en nuestro día a día? No es exclusivo del ámbito político. En nuestras propias vidas, evitamos enfrentar nuestras debilidades y preferimos mantener una imagen de control y éxito. La conexión genuina con los demás ha sido sustituida por interacciones superficiales. Las emociones quedan relegadas y las diferencias se convierten en conflictos en lugar de oportunidades. Si alguien nos dice algo que nos incomoda enseguida reaccionamos, si alguien nos ataca, tendemos a devolver el ataque en un tono mayor o a callarnos –generalmente por miedo a las repercusiones- pero mostrando algún tipo de desprecio. Y con ese otro que nos dice algo que no concuerda con lo que pensamos o sentimos ya no queremos ni hablar ni verlo durante una buena temporada. Entonces, ¿por qué nos escandalizamos cuando vemos a los políticos insultarse, gritarse, despreciarse en lo personal e ideológico…?

Tanto en política como en la vida, y siguiendo un reels de moda de la red social Instagram, urge que aprendamos a escuchar sin juzgar, a dialogar sin imponer, a reconocer nuestros errores y a trabajar en soluciones en lugar de buscar culpables.

Podemos seguir alimentando una sociedad basada en la confrontación y la autoprotección desmedida o podemos optar por construir una basada en el respeto, la empatía real y la cooperación. La pregunta es: ¿qué tipo de sociedad queremos ser? Resulta agotador ver como la clase política está siempre a la defensiva entre sí y con muchos ciudadanos que solo reclaman mejores condiciones de vida; al igual que lo es tener que estar defendiéndonos de los demás porque hacen o dicen algo que nos disgusta o simplemente por no ser capaces de asumir que no siempre podemos ganar o tener la razón.

Simula que la política no es algo separado o ajeno a la sociedad, sino que es una manifestación de nuestros valores, de nuestras decisiones y dinámicas individuales y colectivas y que los representantes políticos son un espejo más en el que podemos y debemos mirarnos para reflexionar y comenzar a cambiar.

Política y fanatismo: partidos políticos convertidos en casi sectas

Espacios de debate donde conviven diferentes posturas en el marco de una misma ideología con el propósito de ofrecer posibles soluciones a los desafíos de la sociedad. Eso es lo que, en esencia y a grandes rasgos, se espera que sean los partidos políticos. Sin embargo, las organizaciones políticas operan con una lógica que recuerda a la de las sectas: la lealtad ciega, la polarización extrema y la demonización del adversario han reemplazado al intercambio de ideas y a las discrepancias saludables. Los estudios sobre sectas identifican una serie de etapas en el proceso de conversión que pueden asimilarse a las dinámicas internas de las formaciones políticas.

Existe una primera fase de atracción y seducción; el partido se presenta como un instrumento de transformación social capaz de generar grandes cambios y oportunidades para todos. Se enfatizan sus aspectos positivos y se generan momentos de entusiasmo y emoción en grandes eventos que estimulan y fortalecen el vínculo afectivo con la organización.

Al igual que en las sectas, los partidos simplifican la realidad con narrativas maniqueas. Dividen a la sociedad en “nosotros”, portadores de la verdad y la justicia, y “ellos”, los corruptos, los equivocados, los enemigos del progreso. “Nosotros” somos los buenos, los que podemos salvar el mundo; “ellos”, los malos, los que quieren destruirlo todo. Pero no hace falta viajar mucho el tiempo para encontrar, dentro de todas las organizaciones políticas, ejemplos de corrupción, traiciones y deslealtades. Todos conocemos sentencias y escándalos varios, traiciones entre compañeros e incluso deslealtades a los principios defendidos públicamente bajo una siglas, que evidencian que ningún partido político tiene las manos libres de gérmenes; más bien, parecen un foco de contagio.

Con el vínculo emocional ya establecido, se inicia la fase de captación, el individuo toma la decisión de afiliarse al partido. Actualmente, dado el panorama político, esta determinación suele estar más influenciada por el fervor del momento y el ego que por un análisis racional. Aun así, siguen quedando personas que se afilian porque tienen unos ideales que están dispuestos a defender; lo triste es que algunos cuentan que, al ingresar en la organización, a pesar de su deseo de aportar ideas y trabajar por la defensa de unos objetivos aparentemente comunes, son recibidos con indiferencia o desdén por militantes que llevan tiempo en la formación; se encuentran con un espacio hermético en el que, como en una secta, el nuevo integrante debe “pasar de fase”, ganarse la confianza para ser tomado en serio.

Las organizaciones políticas difunden testimonios gráficos de reuniones con afiliados y simpatizantes y con representantes de los diferentes sectores -pero solo con los más afines o con aquellos a los que creen poder convencer-, con el fin de mostrar fuerza, poder, capacidad de atracción, liderazgo, cohesión interna, alineamiento con las necesidades de la sociedad, capacidad de trabajo para cambiar nuestras vidas a mejor… Si bien, estos actos para lo que sirven es para trasladar lo que la dirección del partido desea, al igual que lo hacen con los tan conocidos argumentarios sobre cada tema tratando de evitar los versos libres y favorecer que todos, cúpula y bases, repitan lo mismo. Estas estrategias pretenden reforzar la cohesión interna, pero también impedir el diálogo y el debate que debieran ser esenciales en partidos que se definen como democráticos.

Los dirigentes políticos, como líderes de la secta, tienen un papel clave; son elevados a la categoría de figuras infalibles, aunque muchas veces quienes les aplauden solo buscan una recompensa en forma de cargos o favores políticos. No todos están de acuerdo con el líder, pero mejor hacer todo lo posible para que su palabra se convierta en dogma y estar bien posicionados ante un posible reparto de cargos en agradecimiento a esa lealtad. En este ambiente, cuestionar al líder o a su cúpula o exigir rendición de cuentas puede significar la marginación o la expulsión del partido. Desafiar la estructura partidaria no es fácil ni recomendable. Iniciar la fase de desconversión, es decir, mostrar discrepancias con la dirección de la formación o querer abandonarla puede significar el ostracismo político, la pérdida de cargos o, en casos extremos, el acoso y la difamación. El miedo al castigo y el ansia de poder refuerzan la permanencia dentro del grupo, incluso cuando las contradicciones se hacen evidentes.

Lo preocupante es que no se puede rescatar a los partidos políticos de esta deriva sectaria; hacerlo requiere fomentar el pensamiento crítico y la diversidad de opiniones dentro de las organizaciones y ninguna estará realmente dispuesta a hacerlo.

La democracia se fortalece cuando aceptamos que el otro también puede tener parte de razón. Menos lealtad ciega y más compromiso con los desafíos a los que a diario se enfrenta la ciudadanía y a los que a medio y largo plazo tendrá que enfrentarse la sociedad. La política no es un dogma, sino un espacio de construcción colectiva donde el debate y la discrepancia son oportunidades de progreso. Y si esto no ocurre dentro de los partidos políticos y desde ellos hacia el resto de formaciones políticas, no esperamos que lo hagan sus líderes cuando lleguen al poder.

Artículo publicado en Diario16+ 

Nos quieren enfermos

Todos estamos de acuerdo en que la salud es uno de los pilares fundamentales de la vida de cada uno de nosotros y de cualquier sociedad; es el eje sobre el que gira todo, aunque la ignoremos hasta que se resiente y nos hace sentir plenamente vulnerables. Sin embargo, cuando observamos las decisiones que se toman en el ámbito político y de gestión sanitaria es inevitable preguntarse: ¿realmente interesa la salud de los ciudadanos?

Los datos y la experiencia muestran que hay medidas simples y eficaces, medidas coste-efectivas, que mejoran la salud. Promover la actividad física, mejorar la calidad de los alimentos, enseñar a leer etiquetas para identificar productos nocivos y llevar una dieta saludable, lavarse correctamente la manos, gestionar el estrés, fomentar determinados hábitos de autocuidado desde la infancia y adaptarlos a cada etapa vital, garantizar un acceso equitativo a la atención primaria o invertir en prevención, podrían reducir la incidencia de enfermedades, mejorar la calidad de vida y aliviar la carga sobre los sistemas sanitarios con el consiguiente ahorro económico tan necesario para seguir teniendo un sistema sanitario público. No obstante, estas medidas, aunque conocidas, no se priorizan y resulta difícil de entender cuando el porcentaje de casos de la mayoría de enfermedades aumenta.

Desde hace tiempo, las noticias sobre el incremento de diagnósticos de cáncer son constantes y los profesionales sanitarios insisten en que un número importante de ellos está ligado a factores de riesgo prevenibles. Esto no sucede solo con el cáncer, sino también con las enfermedades cardiovasculares e incluso con las enfermedades mentales. Entonces, simplemente por lógica, si sabemos esto, ¿por qué no se pone mayor énfasis en la prevención?

Una de las claves para cambiar esta situación está en la educación sanitaria. No podemos hacer prevención sin educación sanitaria. Un ciudadano informado es un ciudadano con mayor y mejor capacidad para tomar decisiones responsables sobre su salud. La educación en salud no solo previene enfermedades sino que reduce la saturación del sistema sanitario y el gasto público en tratamientos evitables. Y todavía podemos ir un poco más allá en el planteamiento; cada vez se insiste más en los beneficios de la toma de decisiones compartidas entre profesionales sanitarios y pacientes, pero surge la duda sobre cómo puede ser realmente positivo si adolecemos de una pieza clave, la educación sanitaria.

Las políticas de salud pública requieren compromiso e inversiones sostenidas en el tiempo y no ofrecen resultados inmediatos, lo que choca con la lógica cortoplacista de muchos gobiernos y, además, necesitan de la responsabilidad de cada ciudadano. Se priorizan soluciones reactivas antes que preventivas, y la sanidad sigue dependiendo en exceso de la atención a la enfermedad en lugar de la promoción de la salud. No estoy proponiendo que deje de atenderse la enfermedad, sino invertir para evitar llegar a ella.

El reto es grande, no imposible, pero es en este punto del puzle donde hay una pieza que no quiere encajar: la industria farmacéutica, que se beneficia de expandir su mercado determinando la investigación y desarrollo, la regulación, la prescripción y el consumo de medicamentos, influyendo en legisladores, reguladores y profesionales sanitarios. El lobby farmacéutico continúa siendo uno de los más poderosos. Todos somos conscientes de esta situación, conocedores del poder de las empresas farmacéuticas para mejorar la vida de muchas personas a través del consumo de fármacos pero también de su poder para producir fármacos que generan efectos secundarios cuyo control requiere de la toma de otros medicamentos entrando en una rueda del hámster interminable que cuando no estás enfermo es capaz de hacerte creer que para superar situaciones complicadas de la vida cotidiana necesitas un fármaco o un suplemento para rendir más. Nos quiere enfermos, nos necesita enfermos.

Queremos una sociedad competitiva, productiva, pero no abordamos sus cimientos. Ilógico y caótico. Debemos exigir que se prioricen políticas sanitarias dirigidas a los ciudadanos y no tanto a la satisfacción de intereses políticos y/o corporativos. La salud no puede depender de la inercia de un sistema que se resiste a cambiar, que sigue más centrado en el tratamiento que en la prevención por razones obvias.

Y tal vez la pregunta con la que iniciaba este artículo no sea la oportuna. Quizás lo más indicado no sea cuestionar si interesa la salud de los ciudadanos o no, sino si estamos dispuestos a exigir que quienes nos gobiernan actúen como es de esperar.

 

Artículo publicado en Diario16+

 

La madurez perdida

Somos marionetas, meros consumidores apoltronados en la zona de confort, soñadores de una irreal felicidad y una falsa tranquilidad, artífices de una sociedad con un espíritu crítico anulado y enferma emocionalmente; y ahí empieza todo.

La felicidad se ha convertido en el ideal absoluto. Y no digo que esté mal, pero, ¿a qué coste? Más allá del legítimo anhelo por el bienestar, la felicidad se ha transformado en un valor de escasa y dudosa ética.

Esta obsesión por ser felices está promovida por la industria y el estado de bienestar, impulsada por estilos de vida marcados por la prisa, la evitación absoluta de las dificultades y confrontaciones, el rechazo a las crisis inherentes a la vida, la falta de relaciones de calidad, las familias sobreprotectoras… y multiplicada, hasta límites desconocidos,  por las redes sociales que nos arrastran a vivir de cara a la galería, pendientes de lo que dirán, de cómo nos juzgarán, de si somos aceptados  o no a través de “likes” o más seguidores.  Todo ello parece estar moldeando la sociedad de manera inquietante tanto en el ámbito familiar como social y político.

La prioridad de muchas familias con hijos es que sean felices, sin más, dejando de lado la necesidad de establecer reglas y límites y fomentar la capacidad crítica, el autocuidado, la autoprotección e independencia. En otros casos, lo que se busca es la tranquilidad familiar y personal, que no haya discusiones, que los hijos no “molesten” tras un día retador y agotador a nivel laboral y en el que todas las heridas se han activado. Este enfoque indulgente cría, en algunos casos, niños desorientados emocionalmente y sin herramientas para enfrentar los desafíos de la vida adulta y ni tan siquiera de la adolescencia. Las nuevas generaciones están creciendo en un entorno donde la sobreprotección es la norma, perpetuando un ciclo de inmadurez que se extiende mucho más allá de lo que parece saludable.

Los especialistas en salud mental empiezan a afirmar que la adolescencia dura hasta los 25 años y no solo porque el desarrollo cerebral de los adolescentes se extienda más allá de los 18 años, sino porque hay una carencia de aspiraciones a tener una vida propia e independiente y a salir adelante por uno mismo. Postergamos la adultez porque no queremos asumir las responsabilidades individuales y colectivas que conlleva y ello modifica dinámicas familiares que se trasladan a la estructura y desarrollo de la sociedad.

La tecnología y las redes sociales no han hecho más que agravar la situación. La exposición continúa de los hijos en plataformas digitales, a veces hasta con fines comerciales, podemos entender que incluso convierte a los menores en productos de una cultura que busca exhibir más que compartir. Las redes sociales refuerzan un modelo de vida de culto a la imagen, a lo material, de miedo al envejecimiento, a las pérdidas y las crisis vitales naturales, donde lo que importa no es tanto lo que se vive, sino cómo se muestra esa vivencia. La adultez, con todo lo que implica: responsabilidad, sacrificio y reflexión, ha sido desplazada por la búsqueda de gratificaciones inmediatas y el confort aunque implique a la anulación de una parte de nuestra capacidad de ser.

En este contexto, la familia ha dejado de ser ese núcleo sólido donde los valores son transmitidos por los adultos. La autoridad parental ha cedido paso a una dinámica en la que los niños dictan el rumbo y los padres actúan como meros facilitadores.  Los jóvenes se enfrentan a un mercado laboral precario y competitivo, a las dificultades para encontrar vivienda, formar una familia… carentes de la perseverancia y la capacidad de esfuerzo necesario para sobrellevar estas adversidades y sin herramientas emocionales para soportar la frustración. Tal vez se esté perdiendo o se haya perdido ya el valor de meritocracia como motor de progreso personal y social.

Educar es urgente y ello significa enseñar a ser independientes, a gestionar las emociones para enfrentarse al duelo constante que implica el simple hecho de vivir, y a asumir responsabilidades individuales y colectivas; lecciones que parecen esenciales si queremos vivir en una sociedad donde los ciudadanos no sean simples consumidores, y donde los valores como la honestidad, la justicia y el respeto sean pilares fundamentales.

La infantilización de la sociedad tiene su reflejo en el ámbito político. Tribunas parlamentarias en las que se escuchan más insultos y ataques personales que confrontaciones de ideas, representantes públicos y políticos que reducen los temas de interés general prestándolos en términos dicotómicos de bueno o malo, ellos/nosotros, evitando la reflexión y los debates serenos y profundos, mensajes políticos que se reducen a eslóganes diseñados para captar la atención, políticas que buscan determinar nuestra forma de pensar y actuar, que imponen medidas que limitan la libertad personal sin beneficio social alguno, que eliminan la necesidad de responsabilidad individual fomentando la dependencia de un Estado paternalista, que pretenden soluciones rápidas y superficiales en lugar de abordar problemas estructurales a largo plazo, y que incluso generan desequilibrio entre derechos y deberes… construyen  un escenario donde las decisiones se toman impulsivamente, sin análisis, y que favorecen más a determinados grupos e intereses partidistas que a la sociedad en general.

La madurez consiste en aceptar responsabilidades y en desarrollar un juicio crítico. Solo a través de ello podremos aspirar a una sociedad que no solo sea feliz, sino también sólida, ética y capaz de enfrentar los retos del presente y del futuro. Padres y políticos, corresponsables de esta situación.

 Artículo publicado por Diario16plus 

De pseudoterapias y disfraces de frutas: los mensajes ocultos de la publicidad

De pseudoterapias y disfraces de frutas: los mensajes ocultos de la publicidad

De pseudoterapias y disfraces de frutas

En la era de la sobreinformación, quienes nos dedicamos de alguna manera a la comunicación tenemos la responsabilidad de ser especialmente conscientes del poder de la comunicación verbal y no verbal, de los mensajes directos y de los que a menudo pasan desapercibidos, los mensajes subliminales. Vivimos en una sociedad saturada de información, pero carecemos del espacio y el espíritu crítico necesarios para reflexionar sobre los impactos que ciertos mensajes pueden tener, no solo a nivel consciente, sino también en las capas más profundas de la psique colectiva.

Un ejemplo de ello es un vídeo publicado por el Ministerio de Sanidad  en el marco de una campaña para advertir sobre los peligros de las pseudoterapias y concienciar sobre la falta de evidencia científica de ciertos tratamientos no convencionales. Por supuesto, el objeto de este artículo no es valorar si deben emplearse o no esos tratamientos; eso debe recaer en la libertad de cada persona, siempre tras una decisión informada. Sin embargo, la forma en que se presenta el mensaje en el citado vídeo puede generar equívocos y colocar la alimentación como una pseudotereapia.

El vídeo busca deslegitimar las pseudoterapias con una música infantil por todos conocida, letra adaptada y mostrando a personas disfrazadas de frutas, en concreto de limón y frambuesa. Si bien el mensaje explícito parece estar más o menos claro en cuanto a los riesgos de las pseudoterapias, e incluso la letra de la canción recuerda que debemos poner en entredicho la información que sobre salud y bienestar circula por Internet, los disfraces de frutas lanzan un mensaje subliminal mucho más ambiguo. No olvidemos que todo comunica.

En un país donde las campañas oficiales de promoción de una dieta sana y equilibrada hacen hincapié en la importancia del consumo de frutas, el uso de estos disfraces puede dar la impresión de que la fruta —un alimento básico y saludable— ya no tiene un impacto positivo en la salud. Y, si nos ponemos en lo peor, puede confundir y distorsionar la relación que los ciudadanos deberían de tener con la alimentación saludable.

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Pero el problema va más allá de un simple error de comunicación. Al asociar el consumo de frutas con la frivolidad o con una aproximación superficial a la salud, la campaña está indirectamente desacreditando a profesionales con una formación rigurosa y una titulación oficial avalada por el Ministerio de Educación, a los graduados en Nutrición Humana y Dietética y a los técnicos en Dietética y Nutrición, cada vez más presentes en el sistema sanitario público. La formación de estos especialistas no se basa en modas ni en pseudociencias, sino en estudios y evidencias científicas que sostienen que una dieta rica en frutas y verduras es clave para la prevención de enfermedades crónicas y el mantenimiento del bienestar general.  Y no sólo eso, sino que estos profesionales también estudian cómo ciertas frutas pueden interaccionar positiva o negativamente con fármacos aprobados por la Agencia Española del Medicamento. El tema no es tan baladí como pueda parecer.

En lugar de ser una herramienta educativa, esta campaña de concienciación se ha convertido en un vehículo de desinformación que, al intentar ridiculizar las pseudoterapias, cae en la trampa de transmitir un mensaje contradictorio sobre un tema de salud pública importante: la alimentación. Si el propósito de la campaña es advertir sobre los peligros de las pseudoterapias, ¿por qué incluir las frutas y lanzar un mensaje que puede llegar a provocar que los ciudadanos cuestionen la validez de una práctica saludable como es el consumo de frutas?

Lo preocupante es la forma en que trata la cuestión del pensamiento crítico. En lugar de informar a los ciudadanos para que piensen de manera reflexiva sobre qué es una pseudoterapia y qué no lo es, la campaña parece querer imponer un criterio dogmático que descalifica de antemano cualquier práctica que no se ajuste a la ciencia oficial. El peligro de este enfoque radica en que no se promueve el desarrollo de un pensamiento autónomo, sino que se busca que los ciudadanos acepten lo que se les dice sin cuestionarlo. La comunicación debe ser una herramienta que impulse a la reflexión y el discernimiento, no una simple propaganda que ponga barreras al pensamiento crítico.

Desde el sistema sanitario público se insiste cada vez más en la importancia de un ciudadano informado que participe en la toma de decisiones sobre su salud, pero ello debe estar respaldado por una educación que fomente la capacidad de discernir entre la información veraz y la que carece de fundamento. Las campañas del Ministerio de Sanidad, al igual que otras iniciativas gubernamentales, sería conveniente para todos que estuvieran alineadas con ese principio, proporcionando herramientas claras y comprensibles para que los ciudadanos puedan tomar decisiones informadas. No se trata de alabar o demonizar las pseudoterapias u otras prácticas alternativas, sino de ofrecer la información suficiente para que las personas puedan tomar decisiones al respecto por sí mismas.

En resumen, lo que seguramente pretendía ser una campaña educativa en favor de la salud, se convierte en una oportunidad perdida para fomentar la educación sanitaria crítica y autónoma de los ciudadanos. En lugar de “reírse” de las pseudoterapias con disfraces de frutas, tal vez hubiera sido más efectivo promover una comunicación que invitara a la reflexión.

Al final del día, la verdadera evidencia no se encuentra en las imágenes que nos rodean, sino en la capacidad que cada persona tiene para interpretar esa información con criterio y libertad.

Artículo publicado en Diario16plus.

DANA VALENCIA

Política Carroñera

Podemos entender la imprevisibilidad de los fenómenos naturales, aunque empieza a ser difícil hacerlo cuando estamos en la era de las comunicaciones, las tecnologías avanzadas y la Inteligencia Artificial. A pesar del dolor que causan, podemos incluso comprender y asumir que su inmensa fuerza puede provocar pérdidas materiales y vidas humanas. Aceptamos, en cierta medida, nuestra vulnerabilidad ante la naturaleza.

Es incomprensible, sin embargo, que en un país como España, se tarden días en activar operativos de rescate y ayuda humanitaria oficial suficiente para asistir a miles de ciudadanos afectados por una DANA que ha devastado pueblos enteros en la Comunidad Valenciana y que también ha provocado destrozos y víctimas mortales en otras autonomías como Andalucía y Castilla La Mancha.

Es incomprensible y desconcertante que un Estado que moviliza rápidamente a su Ejército y equipos de rescate en respuesta a catástrofes en otras naciones no actúe con la misma urgencia en su propio territorio.

Es incomprensible y desgarrador que ante una DANA que ha dejado centenares de víctimas mortales, más de mil desaparecidos, cientos de personas atrapadas en sus hogares sin alimentos, sin agua, sin medicamentos…, con edificaciones en riesgo de derrumbe y un inminente problema de Salud Pública, no haya habido una respuesta oficial rápida y coordinada durante horas y horas. Y no solo durante horas y horas, sino que hasta días y días después algunos municipios siguen sin recibir ayuda de organismos oficiales.

Es incomprensible y alarmante que la primera mano que se ha tendido sea la de ciudadanos individuales, quienes, de manera voluntaria y altruista, han tomado la iniciativa de desplazarse a los municipios afectados. Mareas de personas que rescatan cadáveres, llevan alimentos, agua, productos de higiene y medicinas a quienes lo han perdido todo; mareas de ciudadanos que abrazan, que animan, que dan consuelo y apoyo emocional a las víctimas, sin importarles o ser conscientes aún de que ellos pueden acabar siendo, también, víctimas de la catástrofe.

¿Cómo es posible que el olor a muerte y destrucción haya sido percibido primero por quienes deciden actuar como voluntarios y no por operativos oficiales? ¿Cómo es posible que días después de una catástrofe de tal magnitud haya municipios que siguen esperando asistencia de las administraciones públicas mientras que los voluntarios ya están allí en acción? Efectivamente hay vías de comunicación destruidas y colapsadas, pero España tiene un Ejército del Aire y Helicópteros de Salvamento supuestamente preparados para actuar de forma inminente ante catástrofes, ¿dónde estaban?, ¿dónde están?.

Miles de españoles han perdido no solo sus viviendas y pertenencias, sino también a familiares, amigos y su medio de vida. Además, de las secuelas psicológicas que enfrentarán, probablemente durante toda su vida, y las cuales vivirán muchos de los voluntarios. Es, por tanto, incomprensible que, en un país como el nuestro, ante un panorama dantesco, la respuesta oficial esté siendo tan lenta, descoordinada e insuficiente. Pero la clave de toda esta situación no puede ser más clara, y se encuentra enmarcada en dos términos: la política y la gestión pública.

La política y la gestión pública son la discusión, la toma de decisiones y la puesta en marcha de acciones para organizar una sociedad mirando al presente y al futuro, sin perder de vista el pasado. No se basan en ir cada uno a lo suyo, sino en ir todos a una, todos a pro del bienestar general y, especialmente, de los más vulnerables. Ejercer la política y la gestión pública, ante la mayor catástrofe natural de nuestro país, y ya que la previsión y la prevención han fallado, es poner en marcha de manera inmediata al Ejército, a equipos de rescate, de sanitarios, arquitectos, constructores, empresarios… para ayudar a las víctimas.

Estamos ante el mayor error que puede cometer un gobierno: la falta de auxilio a los ciudadanos en tiempo y forma. En la gestión de una catástrofe los errores son inevitables y comprensibles, pero es incomprensible la inacción de los responsables políticos. La política española, estos días más que nunca, está demostrando que solo sirve para lanzarse acusaciones entre líderes políticos careciendo de humanidad y empatía hacia sus conciudadanos. Su frialdad asusta. Hacer política no es desplazarse a los municipios afectados para hacer declaraciones ante los medios de comunicación con el fin de acusarse sobre quién tiene las competencias para actuar o si se ha pedido o no actuar, y más cuando en los garajes sigue habiendo víctimas mortales y en las calles gente exhausta, hambrienta y niños aterrorizados… Y, aunque suene repetitivo, es momento de poner los recursos del país, e incluso de aceptar los internacionales, para rescatar a los muertos y ayudar a las víctimas a rehacer –en lo que se pueda- sus vidas… Eso sería hacer buena política, lo otro es política destructiva, o si me lo permite, política carroñera.

Artículo publicado en Diario16plus